Yo voseo. Tú no

Artículo por Ana Beatriz Fernández. Colaboradora.

El voseo posee esta arqueología colonial, descendiente y sobreviviente de la violencia imperial española, de la jerarquía estamental. Me recuerda la transculturación (desculturación, aculturación), la imposición idiomática, en contraposición con la resistencia dolida y valerosa de los indígenas cuyas lenguas a pesar de sus pesares y vejaciones, por dicha subsisten.

El voseo es herencia que nos hizo y hace nación, cultura, estado moderno. Es la oficialidad, esa identidad que se nos dice que somos, y que aunque quisiéramos subvertir, a la vez nos permite encontrarnos y reconocernos. 

Sin embargo, el voseo también es dulce canción, suave cercanía, intimidad. Es mi patria, mi ser nativo, mis hijas, mi madre. Ese vos que me asemeja a los centroamericanos, a algunos colombianos y venezolanos, a argentinos y uruguayos y que tiene un dejo de cualidad distintiva que nos diferencia.

Una paradoja. Prefiero el voseo, aunque a veces me cueste conjugarlo. Me place verlo escrito en poemas, escuchar el seseo y la entonación que provoca, su ritmo y musicalidad.

Esto puede parecer una apología conservadora y reaccionaria del voseo, pero no lo es. Es solo que el "vos" me define como las primeras lluvias de abril que acaban de suceder. El idioma cambia, se permea, transforma, muta, se construye.

Reconozco que el tico que logra tutear fluidamente me sorprende. Admiro su consistencia y disciplina para expresarse. Pero a la vez admito que me provoca un extrañamiento que me es difícil procesar.

Podría sugerir: "hagamos patria, voseemos", pero no puedo imponerlo, porque a pesar de que Gramsci dijera que todo Estado es una dictadura -algo tan cierto como sus ojos claros de hoja de aire- intento seguir practicando el consenso, la convención, y ésta paulatinamente va variando. ¿Cómo nos devolvemos. ¿Podemos?